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BIOGRAFÍA

 

El santo mulato nació en Lima el 19 de diciembre de 1579. Su padre, Juan de Porres, era español y Gobernador de Panamá. Su madre, Ana Velásquez, era una panameña esclava que ya había quedado en libertad. Tardó su padre en reconocerlo pero al final asintió, teniendo de todas formas que partir dejando al pequeño al cuidado de su madre. Ana Velásquez, como buena madre, se preocupó por que su hijo supiera ganarse la vida. Le colocó al servicio del barbero-dentista D. Manuel Rivero en Lima. Martín era feliz. Aprendió el oficio y gozaba sirviendo como barbero-enfermero. Había encontrado su vocación de amar a Dios sirviendo a los demás. Ya ganaba plata: mitad para su madre y mitad para obras de caridad. De egoísta no tenía nada.

 

Son misteriosos los caminos del Señor: no fue sino un santo quien lo confirmó en la fe de sus padres. Fue Santo Toribio de Mogrovejo, primer arzobispo de Lima, quien hizo descender el Espíritu sobre su moreno corazón, corazón que el Señor fue haciendo manso y humilde como el de su Madre. Desde niño sentía predilección por los enfermos y los pobres en quienes reconocía sin duda el rostro sufriente de su Señor. A los quince años la gracia recibida y el ardor por vivir más cerca de Dios en servicio completo a sus hermanos humanos lo impulsó a pedir ser admitido como donado en el convento de los dominicos que había en Lima.

 

Pronto la virtud del moreno dejó de ser un secreto. Su servicio como enfermero se extendía desde sus hermanos dominicos hasta las personas más abandonadas que podía encontrar en la calle. Su humildad fue probada en el dolor de la injuria, incluso de parte de algunos religiosos dominicos. Incomprensión y envidias: camino de contradicciones que fue asemejando al mulato a su Reconciliador. En 1603 le fue concedida la profesión religiosa y pronunció los votos de pobreza, obediencia y castidad. Hombre de gran caridad, unía a su incesante oración las penitencias más duras. Era mucho el amor, eran poco el sueño y la comida, lo sostenía la oración, la infinita misericordia de Dios. Es muy probable que haya conocido a Santa Rosa de Lima. El Señor tiene sus caminos, y los tuvo de dolor y alegría para nuestro mulato. Así nos ama el Señor, como a su Madre.

 

La virtud del santo, su intensa vida espiritual, sostenían su entrega, pero sin duda alguna, aquello que más recuerda el pueblo de Lima son sus numerosos milagros. A veces se trataba de curaciones instantáneas, en otras bastaba tan sólo su presencia para que el enfermo desahuciado iniciara un sorprendente y firme proceso de recuperación. Muchos lo vieron entrar y salir de recintos estando las puertas cerradas. Otros lo vieron en dos lugares distintos a un mismo tiempo. Todos, grandes señores y hombres sencillos, no tardaban en recurrir al socorro del santo mulato: "yo te curo, Dios te sana" decía Martín con grande conciencia del inmenso amor del Señor que ha gustado siempre de tocar el corazón de los hombres con manos humanas.

 

Enfermero y hortelano herbolario, Fray Martín cultivaba las plantas medicinales que aliviaban a sus enfermos. Su amor humilde y generoso lo abarcaba todo: su amabilidad con los animales era fruto de su inmenso amor por el Creador de todas las cosas. El pueblo de Lima venera hoy su dulce y sencilla imagen, con su escoba en la mano dando de comer, de un mismo plato, a perro, ratón y gato.

 

Tras una vida de honda respuesta a la gracia de Dios, de intensa y perseverante entrega vivida al calor de la caridad y el sacrificio, ya a los sesenta años de edad, Fray Martín cayó enfermo y supo de inmediato que había llegado la hora de encontrarse con el Señor. El pueblo se conmovió, y mientras en la calle toda Lima lloraba, el mismo virrey fue a verlo a su lecho de muerte para besar la mano de quien decía de sí mismo ser un perro mulato, tal era la veneración que todos le tenían. Poco después, mientras se le rezaba el credo, besando el crucifijo con profunda alegría, el santo partió. Pero esta partida no lo alejó de su pueblo quien esperanzado le reza a diario aguardando su tierna intercesión y agradeciendo sus milagros. Fray Martín de Porres, el mulato "santo de la escoba" fue canonizado el 6 de mayo de 1962 por el Papa Juan XXIII.

 

 

MILAGROS

 

Prodigó sus cuidados a los muchos pobres que acudían diariamente a la portería del convento a recibir su ración de sopa. Algunos de ellos adolecían de diversos achaques y Martín les proporcionaba el remedio necesario, los conducía a veces hasta su celda para curarlos allí con más esmero y a otros, más agobiados por el mal, los hospitalizaba en ella hasta que curaban. No dejaron de advertirle algunos religiosos y juzgando de este proceder podía ser causa de que se introdujesen en el convento enfermedades contagiosas, delataron el hecho al Prelado, que lo era entonces Fray Agustín Vega, quien ordenó a Martín a suspender su caritativa práctica. Lo sintió el Santo y aunque no dejó de representar a su Superior la gran necesidad que muchos padecían, hubo de someterse a la obediencia, pero pidió a su hermana le señalase una pieza en su casa, donde pudieron acogerse estos miserables.

 

 

A la portería falsa del convento que daba al tajamar del río solían también acudir algunos pobres en busca de Martín , sabiendo que de él podían recibir alivio en sus males. Cierto día le dieron a un indio una puñalada en las cercanías y se lo trajeron al punto con las tripas en la mano. Lo metió el Santo en la enfermería de los negros y lo curó de primera intención con el cuidado que él ponía en todo. Lo supo el Prior y le mandó decir que lo echase; obedeció el caritativo enfermero, mas aconsejó al indio se fuese a casa de su hermana que vivía a una cuadra del convento y avisó a su amigo el cirujano Marcelo de Rivera para que lo atendiese. Éste se presentó en casa de Catalina de Porras y, examinando al herido, no halló otro rastro de la cuchillada sino una raya rojiza en el vientre, como lo declaró él mismo más tarde

 

El célebre Obispo de la paz don Feliciano de Vega elevado luego a la sede metropolitana de México. Se hallaba en Lima en el año de 1639 de paso para su Iglesia y le asaltó una grave enfermedad que por los síntomas que se apuntan, parece haber sido pulmonía. Como en estos casos sucede, el mal hizo crisis a los pocos días y se temió por la vida del enfermo. Don Feliciano era tío del padre Fray Cipriano de Medina, grande amigo de Martín y sujeto a quien el Santo había curado cuando ya todos le tenían por desahuciado. Fray Cipriano indicó al Provincial, Fray Luis de la Daga, ordenase a Martín fuese a visitar al Arzobispo y accediendo a la súplica, le mandó buscar.

 

Lo hizo así Fray Luis y muy poco después se presentó ante él Martín. Recibida la orden de dirigirse a la casa del Prelado, tomó Martín su capa y su sombrero y en compañía de Fray Cipriano se encaminó allá.

 

Apenas entró en la alcoba del enfermo, éste le reprendió por su tardanza y Martín , puestas las rodillas en tierra, escuchó la suave admonición del Arzobispo. Le ordenó levantarse y le pidió la mano.

 

--¿Para qué quiere un Príncipe la mano de un pobre mulato?, fue su respuesta.

--¿no os mandó vuestro Prelado -replicó don Feliciano-, que hiciereis lo que yo os dijese?

--sí, señor, -contestó Martín.

--Pues bien, poned la mano en este lado donde siento el dolor.

--Ruborizado y confuso aplicó Martín su diestra al cuerpo del enfermo y quiso retirarla al punto. Se lo estorbó el Arzobispo, no sin alguna protesta del Santo.

--No, basta ya, señor, --murmuró humildemente.

--Dejadla estar donde la habéis puesto,

--le fue respondido.

Don Feliciano sintió desvanecerse la molestia que fatigaba su pecho y bien pronto se restableció del todo.

 

Alguna semejanza con el caso arriba narrado tiene el siguiente. Se hallaba muy afligida doña Francisca de Velasco con un fuerte dolor de hijada, como se decía entonces. Lo supo Martín, que era muy amigo suyo y fue a visitarla. La enferma le agradeció la visita he hizo que se sentase al borde de la cama; luego, como inspirada, tomó el borde de su capa y se la aplicó a la parte dolorida. el alivio fue de inmediato y la paciente, emocionada, no pudo menos de decir:

 

--¡ay, padre Fray Martín, qué siervo de Dios es! --Dios lo hizo hermana --replicó el Santo--, que yo soy un mulato, el mayor pecador.

 

De este modo procuraba ocultar la parte que le cabía como instrumento de las maravillas de Dios. Otras veces, recetaba un remedio o aconsejaba alguna medicina, a fin de que se pudiera atribuir a efecto de ella la curación, pero muchas veces los medios eran tan desproporcionados que el milagro quedaba patente.

 

Para cerrar esta página referiremos otros dos episodios insertos en los Procesos. Su amigo, el capitán Juan de Figueroa, adolecía de una apostema en la mandíbula derecha. Dolorido a afiebrado deseó recibir la visita de Martín. Se presentó éste con un escalfador en la mano y al despedirle, le dijo que, siendo ya tarde, le dejaría allí el anafe hasta el siguiente día. El enfermo, después de que salió Martín, quiso ver el escalfador y halló en él un poco de agua, se enjuagó con la boca y con esto sólo quedó curado de su mal. Mayor importancia tuvo el siguiente, porque en el resaltan no sólo la caridad de Martín sino además su penetración de espíritu.

 

Después de la excursión que hizo por estas costas el pirata Jorge Spilbergen, a mediados del año 1615, con cuatro navíos holandeses, quedaron en tierra algunos de ellos. Uno, llamado Estaban y tenido por cristiano se hizo amigo de Martín. Enfermó gravemente y se acogió al hospital de san Andrés. Allí estuvo tres días, juzgándose que de un momento a otro podría ocurrir su muerte. Un anoche apareció por el hospital el buen Hermano y acercándose al lecho del enfermo dijo:¿cómo es esto Esteban, sin bautizarse se quiere morir? y con esto le animó a recibir el bautismo y a convertirse de veras a Dios. Pidió entonces el enfermo que le administrasen el sacramento que había de hacerle cristiano, como lo hizo el cura del hospital y a las pocas horas, dejó esta vida con señales de predestinación. Martín le había abierto las puertas del cielo.

 

HIMNO A SAN MARTIN DE PORRES

 

CORO

 

¡Gloria inmortal a tu bendito nombre

sol de amor de los pobres, San Martín

astro divino del Perú de América,

de la Iglesia invencible paladín!

Son tus hermanos de ideal y patria

los que hoy llegan fervientes a tu altar;

danos la luz que iluminó tu mente,

danos la fe que te enseñó a triunfar.

 

ESTROFA

 

¡Radiante flor del suelo americano

que diste olor de augusta santidad;

gala y blasón del pueblo peruano;

que en ti encendió la antorcha de piedad!

Protégenos, tu caridad sagrada

todo el Perú ardiente en su emoción;

si viene a él tu excelsa llamarada

de un pueblo hará tan sólo un corazón

 

 

 

Perro, gato y pericote

 

Cuentan que nacieron el mismo día en el convento de fray Martín un perro y un gato, a los que las madres parecían no poder alimentar por pasar ellas mismas hambre. Viéndolo el monje, decidió ponerles diariamente un plato de leche a los cachorros, y mientras comían, fray Martín les dijo: "coman y callen y no riñan". Según parece, los animalitos le obedecieron, hasta que un día apareció por allí un ratón que intentó comer del mismo plato con el consiguiente revuelo. Se dió cuenta fray Martín, y le dijo al ratoncillo: "Hermano, no inquiete a los chiquillos, y si quiere comer, meta gorra y coma, y después vàyase con Dios". Y así lo hizo sin inquietarse más ni el ratón, ni el gato ni el perrillo, comiendo todos tranquilos. De ahí el refrán limeño del título.

 

¡Pero Hermano Martín! ¿Usted aquí?

 

 

Un comerciante de Lima, muy amigo de Martín, hizo en cierta ocasión un viaje a México por asuntos de negocios. A pocos días de su llegada le asaltó una dolorosa enfermedad; y en una noche cuando ya sentía morir, empezó a decir:

 

Dios mío… ¿porqué no estará aquí el Hermano Martín para atenderme y curarme?

No pasó mucho tiempo de expresar este deseo, cuando de improviso vio abrirse la puerta de su habitación y Fray Martín, con una sonrisa inefable, se acercaba a su lecho diciéndole

Alabado sea Jesucristo por los siglos de los siglos

 

Por siempre sea alabado - le respondió el comerciante. ¡Pero Hermano Martín! ¿Usted aquí?

 

-Acabo de llegar, le contestó el enfermero milagroso.

 

Y sin murmurar más palabras, se quitó la capa y el sombrero y empezó a curarlo diciéndole:

-Hermano, no se haga el flojo… tenga buen ánimo, y confíe en Dios, que no quiere que muera de esta enfermedad.

Cuando se disponía a retirarse, le preguntó el comerciante:

-Y usted, Hermano Martín, ¿dónde va a pasar la noche?

-Hombre de Dios, le dijo: ¿dónde quiere que la pase?, pues en el convento!

A los pocos días de levantarse curado, fue a preguntar por el Hermano Martín en el Convento de México, pero nadie lo dio razón.

Fray Martín, como así lo constató en Lima a su regreso, nunca había salido del Perú y había hecho un viaje milagroso.

 

Hermano, ¿y , esto es todo?

 

 

El novicio Fray Luis Gutiérrez, en cierta ocasión, se cortó un dedo de la mano izquierda con un cuchillo, a los tres días debido a la infección, tenía toda la mano y el brazo hinchados y con mucho dolor.

La noticia se le dio a Fray Martín para que fuese al Convento de la Recoleta, donde residía el paciente. Ni bien llegó, le dijo sonriente al paciente:

-¿Qué es esto, angelito? ¿Qué quieres de mí?

El enfermo le enseñó la mano y Martín le dijo:

-No tenga miedo, niño, aunque tu mal sea tan peligroso, pues Dios te dará salud.

Lo llevó consigo al huerto y tomó unas hojas de la hierba Santa María, las machacó con una piedra y haciendo con ellas un emplasto se la puso en la mano haciéndole la señal de la cruz. El novicio, incrédulo le preguntó: -Hermano, ¿y esto es todo?

 

-Quédese tranquilo, le respondió Martín, que Dios ya lo curó.

Y efectivamente así sucedió milagrosamente.

 

¡Señor! No permitas que muera

 

 

Juan Vázquez, a la vuelta de un viaje por mar a Chile, contrajo un reuma que no podía curarse. Entonces pensó ir a Limatambo donde estaba Fray Martín, pero con los pies y piernas hinchadas, le resultó muy dolorosa y se puso a descansar cerca de un barranco. En eso se le presentó sorpresivamente el Hermano Martín y mirándole a los pies exclamó:

-¡Señor, no permitas que muera en este tiempo. Espero en vuestra bondad que me concedáis lo que os pido! Y le puso las manos sobre las piernas. Hizo luego que las estirase y haciendo la señal de la cruz dijo:

-Levántate, Juancho, y vamos a Limatambo.

-No puedo, Hermano, contestó

Fray Martín entonces le dio la mano y le dijo: Acaba, acaba, caminemos. Y sacándose un pan de entre las mangas le dijo: Comed este pan que yo os ayudaré.

Juan quedó sorprendido al ver que a medida que se acercaban al Convento el dolor y la hinchazón iban desapareciendo.

 

Permítame saludar a la enferma

 

La Sra. Molina, había sufrido un terribe accidente en compañía de su esposo. Debido a su estado gravísimo y además en días de ser madre, lo médicos prohibieron que le dijeran que su esposo había fallecido. Pero el primer sábado después del accidente, se presentó en el sanatorio “un padre negrito” (frase de la enfermera) y le dijo:

-Permítame saludar a la enferma! Y la enfermera accedió después de tanta insistencia.

 

Pero como pasaron más de 15 minutos, la enfermera muy enojada entró al cuarto y no encontró al “Padre negrito” por lo que preguntó: ¿Señora, donde está el Padre que vino a verla? Ella muy contenta le contestó: ¡Ya salió! Me trajo la noticia que mi esposo había fallecido pero me ha dado mucha resignación conversar con él desde el cielo.

¡Milagro de Fray Martín!

 

El enfermero milagroso

 

La enfermería del Convento del Santísimo Rosario había llegado a ser un hospital. Allí Martín atendía a los religiosos enfermos y a los que traía de fuera para prodigarles sus cuidados, porque lo que más curaba era la excesiva atencion, su cariño consolaba y aquel vivir día y noche pendiente de los que sufrían. Como si tuviera un timbre en el corazón acudía hacia el enfermo que lo necesitaba, sin hacer esperar un momento. A veces parecía cosa milagrosa cuando llegaba atendiendo el deseo interior de un enfermo.

 

Don Rodrigo Meléndes, padre del Presbiterio Andrés Meléndes, cuando hallábase recluído de sus clientes en el Convento, le vino una grave erisipela en una pierna. Los dolores se hicieron tan intensos que dijo entre sí una noche: ¡Cómo tuviera a la mano un poco de agua!

 

La llamada no fue en vano, pues a los pocos instantes entré en su cuarto Fray Martín, estando la puerta cerrada por dentro. Tomó un poco de agua y con ella bañó la pierna dolorida. A los pocos minutos, los dolores habían desaparecido.

 

Don Rodrigo, admirado por la visita de Martín le interrogó: Hermano, ¿cómo habéis ingresado aquí? Y Fray Martín dejando a un lado el socorro, le respondió: “Yo tengo mi modo de entrar” y al momento desapareció.

 

 

SAN MARTIN DE PORRES

 ORACIONES

 

ORACIÓN

 

Señor Nuestro Jesucristo, que dijiste "pedid y recibiréis", humildemente te suplicamos que, por la intercesión de San Martín de Porres, escuches nuestros ruegos.

Renueva, te suplicamos, los milagros que por su intercesión durante su vida realizaste, y concédenos la gracia que te pedimos si es para bien de nuestra alma. Así sea.

 

PARA PEDIR UN FAVOR

 

En esta necesidad y pena que me agobia acudo a ti,

mi protector San Martín de Porres.

Quiero sentir tu poderosa intercesión. Tú, que viviste sólo para Dios

y para tus hermanos, que tan solícito fuiste en socorrer a los necesitados, escucha a quienes admiramos tus virtudes.

Confío en tu poderoso valimiento para que, intercediendo ante el Dios de bondad, me sean perdonados mis pecados y me vea libre de males y desgracias.

Alcánzame tu espíritu de caridad y servicio para que amorosamente te sirva entregado a mis hermanos y a hacer el bien.

Padre celestial, por los méritos de tu fiel siervo San Martín, ayúdame en mis problemas y no permitas que quede confundida mi esperanza.

Te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Señor.

Amén.

 

 

NOVENA A SAN MARTIN DE PORRES

 

Rezar a continuación la meditación y la oración del día que corresponda:

 

DIA PRIMERO

 ORIENTACIÓN

 

Al instruirse el niño Martín en las primeras nociones propias de su edad, comenzaba también a conocer a Dios que ya desde entonces vino a ser la razón y divisa de su conducta. Púsose luego bajo la enseñanza de un maestro que era barbero-cirujano, que en aquel tiempo no sólo sabían el arte propio de la barbería, sino también el de curar las enfermedades más Corrientes... Preveía Martín el bien que podía prestar a sus prójimos, y así gustaba de tal oficio “gozoso de poder ser un día útil a sus semejantes”. Donde se ve, cómo la Divina Providencia iba orientando a su Siervo, preparándolo para los fines a que lo destinaba.

 

Pídase la gracia que se desea.

Un Padrenuestro, tres Avemarías y un Gloria.

Oración final

 

¡Oh feliz Martín, que, contento en tu condición de hijo de una esclava, te dejabas guiar por la mano de Dios ya en tu niñez; haz que nos resignemos en todo a los designios de la Providencia! A imitación tuya aceptamos gustosos la voluntad del Señor y sus designios sobre nosotros. Tú nos enseñas que si somos buenos con Él, Él será generoso con nosotros; he aquí que queremos servirle fielmente. Ayúdanos tú, Martín bondadoso, y ruega por nosotros a tu amado Jesús, Dios verdadero, que con el Padre y el Espíritu Santo vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

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 DIA SEGUNDO

FE EN DIOS

 

Era tan firme la fe de Fray Martín, que suspiraba pidiendo a Dios la gracia de morir por defenderla. Por su parte empleaba el tiempo que le quedaba libre, en enseñar la doctrina cristiana a los indios y negros en Lima; luego se iba a Limatambo, distante media legua de la ciudad, y a otras haciendas vecinas, donde enseñaba a los humildes trabajadores y esclavos, consolándolos en sus trabajos y enfermedades, e inspirándolos amor a la Cruz. Hubiera querido multiplicarse, para llevar a todas partes el conocimiento de Dios. El Señor le concedió la gracia especialísima, de actuar al parecer a la vez en dos lugares en cuya virtud, le vemos instruyendo y consolando a los sufridos negros en el Africa y otros lugares apartados.

 

Pídase la gracia que se desea.

Un Padrenuestro, tres Avemarías y un Gloria.

Oración final

 

¡Oh glorioso Fray Martín, que desde tus primeros años aprendiste a andar por los caminos del Señor, firme siempre tu fe en Dios, celoso por su gloria y salvación de las almas; haz que vivamos esa misma fe, como hijos de Dios que somos! Ruega por nosotros, para que te imitemos en la fidelidad, y alcánzanos las gracias particulares que sabes necesitamos, ya que tanto puedes ante nuestro Rey Jesucristo, que vive y reina por los siglos de los siglos. Amén.

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DIA TERCERO

 MORTIFICACIÓN

 

Fray Martín, no obstante el conservarse en la gracia bautismal, se consideraba el peor de los nacidos, e indigno del hábito que llevaba; y a imitación de su Santo Patriarca, oraba casi toda la noche, disciplinándose hasta por tres veces de un modo cruel. No perdía ocasión de humillarse, gozando cuando se veía despreciado o insultado. Cuando le honraban personas distinguidas, corría a un lugar oculto, y se disciplinaba duramente; si no se le proporcionaba lugar a propósito, se abofeteaba diciendo:

-Pobre infeliz ¿cuando mereciste?.., No seas soberbio; bien conoces que eres un ruin, que naciste para esclavo de estos señores, y que sólo por amor a Dios pueden sufrirte tantos religiosos santos.

 

Pídase la gracia que se desea.

Un Padrenuestro, tres Avemarías y un Gloria.

 

Oración final

 

¡Oh Dios misericordioso, que nos diste al humilde Fray Martín, como ejemplo de penitencia y mortificación; sednos propicio y olvidad nuestras infidelidades! Y tú, purísimo Martín, que no sólo sufrías resignado tus trabajos y enfermedades, sino que mortificabas duramente tu inocente cuerpo; alcánzanos del Señor el espíritu de penitencia, con el cual, al menos, suframos con alegría les mortificaciones de nuestros semejantes y nuestros propios males, para que, purificados de nuestros pecados, seamos aceptables a Dios y acreedoras a tu poderosa protección. Amén.

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DIA CUARTO

EL TAUMATURGO

 

Eran continuos los prodigios del bienaventurado Martín socorriendo necesitados y curando enfermos. Algunos eran remediados al invocarle estando ausente, y otros con sólo tocar su ropa. Entre éstos, sucedió que visitando a Don Mateo Pastor, que le ayudaba en el socorro de los pobres, se hallaba su señora, Doña Francisca Vélez, con un agudísimo dolor de costado sin conseguir aliviarse con ninguna medicina. Al llegar el Siervo de Dios, tomó el borde de su capa y lo acercó a la parte dolorida, sintiéndose enteramente sana. Atónita exclamó:

 

- ¡ Ah! Gran Siervo de Dios es Fray Martín pues el solo contacto de su ropa me ha sanado.

Confundido Fray Martín, le dijo:

 

-Dios sólo ha hecho esto, señora. Dé las gracias a Dios, pues yo soy un miserable y el mayor pecador del mundo, Dios sea bendito, que toma tan vil instrumento para consolarla a usted, y para que no pierda su valor el hábito de mi padre Santo Domingo, aunque lo lleve tan gran pecador como yo.

 

Pídase la gracia que se desea.

Un Padrenuestro, tres Avemarías y un Gloria.

Oración final

 

¡Oh glorioso San Martín; bendecimos al Señor por el gran poder que se dignó otorgarte concediéndote dominio sobre la vida y la muerte! Animados por la generosidad con que derramas los dones de Dios, recurrimos a Ti con la mayor confianza. Pide para nosotros más fe, más amor a Dios y les gracias que necesitamos. ¡Todo lo esperamos de tu intercesión! y por los méritos de Jesucristo Nuestro Señor. Amén.

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DIA QUINTO

 PADRE DE LOS POBRES

 

Por la prontitud con que socorría fray Martín a los necesitados, le llamaban Padre de los Pobres. En multitud de casos acudió milagrosamente al que le llamaba, enfermo o necesitado. Entre otros, una pobre a la que él solía socorrer, se vio necesitada, con urgencia, de cierta cantidad. No pudiendo ir a encontrarse con el Siervo de Dios, clamó en estos términos, repetidas veces.

 

-Hermano fray Martín, tu socorro me falta, y no puedo participarte la gran aflicción en que me hallo.

Al cabo de una hora se presenta el caritativo bienhechor, precisamente con la cantidad que ella necesitaba, diciéndole que no se afligiese pues Dios conocía las necesidades de los pobres y sabía remediarlas.

 

Pídase la gracia que se desea.

Un Padrenuestro, tres Avemarías y un Gloria.

Oración final

 

Glorioso San Martín, siempre compasivo, padre de los pobres y necesitados; míranos con piedad y ruega siempre por nosotros, que te invocamos con fe absoluta en tu bondad y en tu poder. No nos olvides ante este Dios, a quien siempre serviste y adoraste. Padre, Hijo y Espíritu Santo, a quien nosotros también queremos servir y adorar ahora y por toda la Eternidad. Amén.

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 DIA SEXTO

 AMOR DE DIOS

 

Todo cuanto Fray Martín hacía en sus prácticas y obligaciones y en relación con sus semejantes, era efecto de su amor a Dios. Cuando oraba, pues, se hallaba como en su centro: con frecuencia perdía el uso de los sentidos, quedando largo rato en éxtasis. Muchos testigos dieron testimonio, de haberle visto repetidas veces elevado algunas varas sobre el suelo, en su celda, en la Iglesia, y en la sala capitular conversando con la imagen de Cristo Crucificado. Si a esto añadimos la sublimidad del momento en que recibía a Jesús Sacramentado en que se sentía como en una gloria anticipada, conversando íntimamente con su Dios, no nos extrañará el que, aceptando Dios tan grande amor, hiciera tan poderoso a su fiel y amante Siervo.

 

Pídase la gracia que se desea.

Un Padrenuestro, tres Avemarías y un Gloria.

 

Oración final

 

¡Oh Dios mío, que tan generoso sois con quien os ama con sinceridad de corazón; os amarnos, pero deseamos amaros más y más! Haced que por intercesión de San Martín, aumente nuestro amor a Vos. Y tú, Martín benditísimo, ruega por nosotros, alcánzanos el amor puro de Dios, que nos hará dulce el vivir según su ley. Consíguenos también las demás gracias que sabes necesitamos y esperáramos por tu intercesión poderosa y los méritos de Nuestro Señor. Amén.

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 DIA SÉPTIMO

 AL CIELO

 

Reveló Dios al bienaventurado Martín el día y hora de su muerte mostrándose él, desde entonces, más jovial y contento.

Cayó enfermo, y ya no pensó más que en su Dios, sobre todo después de recibir el Santo Viático, sin engreírle las visitas que llegaban a su penitente lecho de tablas. Autoridades, prelados, dignidades eclesiásticas y hasta el mismo Virrey Don Luis Fernández de Bobadilla, iban a dar sus últimos encargos para el Cielo a aquel humildísimo siervo fiel, que con frecuencia estaba en éxtasis, arrobado en el amor de Dios, a quien siempre había servido.

Se cantó el credo y al decir aquellas palabras "se encarnó por el Espíritu Santo de la Virgen María y se hizo hombre", acercó al pecho el Crucifijo que tenía en sus manos, y cerró suavemente los ojos. Todos lloraban.. El Arzobispo exclamó: Aprendamos a morir.

 

Pídase la gracia que se desea.

Un Padrenuestro, tres Avemarías y un Gloria.

Oración final

 

¡Oh dichoso San Martín, que viste coronados tus trabajos, tus mortificaciones, tu caridad y tu amor a Dios con una muerte feliz!, ¡ten compasión de nosotros! Todos te lloran. Los necesitados y enfermos creen perder un padre compasivo y el remedio de sus males, y dan rienda a su dolor llorando tu muerte; pero luego ven que tú no los abandonas; te llaman y tú sigues socorriéndolos y aliviando sus males. El estar más cerca del Señor, glorioso San Martín ha aumentado tu poder. Oye, pues, también nuestras humildes súplicas, pidiendo al Señor por nosotros para que atienda nuestros ruegos. Y que nuestra muerte sea la de los justos por tu intercesión y los méritos de Nuestro Señor Jesucristo. Amén.

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 DIA OCTAVO

DESPUÉS DEL TRANSITO

 

Después de la muerte de fray Martín, los milagros se multiplican. El propio Notario del proceso, don Francisco Blanca, se hallaba con una llega en un pie, con gran hinchazón en la pierna y grandes dolores. Tenía que actuar al día siguiente. Invocó al Santo y al momento quedóse dormido; al amanecer se halló perfectamente bien, sin hinchazón, y la llaga seca y sana.

 

Entre otros prodigios, fueron muchos los casos de señoras que, no pudiendo naturalmente dar a luz lo consiguieron con felicidad al encomendarse al Siervo de Dios fray Martín. Así aconteció a una esclava de doña Isabel Ortiz de Torres, a doña María Beltrán, otra señora de Arequipa, desahuciada de los médicos, a la que aplicaron una carta de fray Martín, y particularmente, a doña Graciana Farfán de los Godos, a quien libró de una infección y muerte segura.

 

Pídase la gracia que se desea.

Un Padrenuestro, tres Avemarías y un Gloria.

 Oración final

 

¡Oh bienaventurado Martín! Si, en la tierra vivías sólo para Dios y para tus semejantes, hoy, que te hallas ya junto al trono de la bondad y la misericordia, puedes disponer mejor de sus tesoros. Si aquí conocías donde estaba la necesidad para remediarla, mejor la ves desde el Cielo donde moras. Mira, pues, Martín bondadoso, a los que a ti acudimos con la segura confianza de ser oídos. No defraudes las esperanzas de los que nos gozamos en verte ensalzado en la tierra, como Dios te ensalzó llevándote a su gloria.

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 DIA NOVENO

APOTEOSIS

 

Examinada en Roma la portentosa vida del Siervo de Dios fray Martín y a instancia del Rey Felipe IV y de todos los elementos vitales de la ciudad de Lima, envió el Pontífice las cartas remisoriales, nombrando jueces apostólicos para formar el proceso solemne. Se comunicó a la ciudad tan fausta noticia en la Catedral, en solemne función, con asistencia del Virrey, Arzobispo, demás autoridades civiles, militares y eclesiásticas e inmensidad de público que no cabía en el gran templo; todos derraman copiosas lágrimas de gozo, pues se acercaba el tiempo de ver beatificado y canonizado a su querido fray Martín. Unos y otros referían sus virtudes y los milagros obrados por Dios para confirmar el concepto de Santo en que todos le tenían.

 

Hecho el proceso, y firmado por más de ciento sesenta testigos de hechos milagrosos, se cerró y selló ante el pueblo. Emocionado el Arzobispo derramando abundantes lágrimas, dijo: Así honra Dios a este hombre de color que supo servirle y amarle de corazón.

 

El 29 de octubre de 1837 fue beatificado por el Papa Gregorio XVI.

La gloriosa canonización ha sido el digno remate de un laborioso trabajo intensificado en los últimos treinta años. S. S. Juan XXIII inscribió en el catálogo de los santos a fray Martín, el 6 de mayo de 1962.

 

Pídase la gracia que se desea.

Un Padrenuestro, tres Avemarías y un Gloria.

 Oración final

 

¡Oh Dios, que tan gloriosamente levantas a los abatidos y humildes,

y tan generosamente premias el sufrimiento y la caridad!

Miradnos postrados ante Vos y glorificad a vuestro humilde siervo San Martín,

atendiéndonos en nuestras súplicas.

Y tú, hermano nuestro benditísimo, que ya te ves glorificado ante el trono del Señor,

ruégale por nosotros, tanto más dignos de compasión cuanto más necesitados.

Consíguenos las gracias que te pedimos, y que un día logremos la gloria del cielo,

donde vives bendiciendo a Dios en compañía de los Ángeles y Santos por toda la eternidad. Amén

 

 

DIOCESIS DE CHOSICA, VICARIA III, Lima, Perú
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